CABALGANDO
EL SIGLO A LOMOS DEL TIGRE.
El tigre es una
especie prácticamente extinguida en Java y casi en toda Asia tras los primeros
envites de una crisis económico-financiera que campa a sus anchas por todo el
mundo en vías de subdesarrollo y que anuncia un vago tufillo a recesión. Así
que los tan cacareados tigres asiáticos de la economía han demostrado hacer
buena, al cabo del tiempo, la frase de Mao: no eran más que tigres de papel.
Entrar en Asia a
través de Yakarta es todo un símbolo de la fragilidad de un supuesto milagro
que no fue tal.
Las autopistas
elevadas, los peajes de tránsito en plena megalópolis, un skyline de película futurista -un género que cada vez se asemeja
más al de terror- y los centros comerciales despersonalizados en los que no sabes
si comerte una hamburguesa en Benetton o comprar unas zapatillas para correr
-¿o debería decir huir?- en un McDonald, conviven con unos canales de aguas
putrefactas construidos a imagen y desemejanza de los de Amsterdam donde se
hacinan cerca de catorce millones de personas entre el dengue, la malaria y el
hambre. (Los países limítrofes han tenido que mandar raciones de emergencia
debido a la subida desorbitada del kilo de arroz). Un paisaje cada día más
parecido a los de cualquier ciudad de los países en vías definitivamente
maldesarrolladas, en este mundo globalizado de comida basura, bonos basura,
televisión basura, neuronas en estado de letargo y donde tan difícil es
encontrar una voz o una escritura de calidad que no se una al coro de los
intelectuales orgánicos especializados en fondos de inversión.
Las penas son de
los hombres, las vaquitas son ajenas. O para ser más exactos de Suharto y sus
secuaces y de Michel Camdessus y sus compinches del FMI.
Pero, hemos
entrado en Java, a decir de sus habitantes el centro del mundo, la isla más
culta, las artes más bellas, las marionetas más famosas. Aunque sean marionetas
de sombras.
Pramoedya Ananta
Toer vive en un barrio sencillo, que fue suburbio y la vorágine especulativa ha
hecho un poco centro, en una casa sencilla construida por su mujer mientras él
pasaba catorce años en la isla de Buru, uno de los pudrideros del régimen.
Sigue siendo el
único escritor de best-sellers - de Tierra humana circularon por Indonesia
500.000 fotocopias clandestinas- que podía proporcionar a sus lectores ocho
años de vacaciones en el trópico.
-O sea que a mí
por el contenido de la maleta me podían haber caído 24 años -le pregunto.
-No, no. Te hubieran mandado de vuelta a
Singapur -contesta Joesoef Isak, su editor y amigo, nacido en Sumatra, en Bukittinggi, capital del pueblo
Minangkabau, y también ex TAPOL, como se denomina a los antiguos prisioneros
políticos con sus derechos restringidos. Diez años de vacaciones tropicales.
Per oestaba encantado de que hubiera conocido su pueblo.
Yo por si acaso y
recordando tiempos peores, había desempolvado mi torpeza en forrar sus libros
con papel de periódico. ABC, por supuesto.
Fumador
empedernido de kretek, [1]
luchador empedernido y testarudo recalcitrante, sale a recibirnos vestido con
su sarong [2]
y una ligera camiseta sin que de su frente salga ni una gota de sudor, que
a nosotros, incluido su editor de las tierras altas de Sumatra, nos rebosa de
todos los poros de nuestra piel. Se sienta bajo un cuadro en el que pelean dos
gallos dibujados a carboncillo, regalo de Gunter Grass y frente a otro,
delicioso por ingenuo, en el que aparecen sus padres.
Sus nietos juegan
frente al televisor en la otra esquina del cuarto y Pramoedya sin dejar de
sonreír, coloca su mano detrás de su oreja izquierda a modo de trompetilla.
-Está sordo como una piedra -me comenta
Yosoef- a raíz de los culatazos que le
propinaron los soldados que vinieron a detenerle en 1965 tras el golpe de
Suharto que dejó medio millón de muertos en el archipiélago según las fuentes
oficiales o dos millones según el
propio Pramoedya.
Vuelve a
ofrecerme, ya por segunda vez, uno de sus cigarrillos y ante mi negativa me
advierte seriamente, aunque con un deje de sorna, sobre los peligros de dejar
de fumar de golpe como es mi caso.
-Ya sé que no le
gusta hablar sobre sus libros y voy a tratar de no hacerlo…
Yosoef que hace de
intérprete estentóreo del inglés al Bahasa Indonesio se ríe y me pregunta cómo
me he enterado.
-Es cierto. Los libros que he escrito son
como mis hijos espirituales y no hay que hablar de los hijos de uno. Ahí están para que todo el que quiera los
lea, los compare o hable de ellos si le parece bien. Pero yo ya he hecho todo
lo que tenía que hacer al respecto: escribirlos.
-¿Cómo ha afectado
la censura a su trabajo?
-Mis libros no han estado nunca prohibidos en
base a ninguna sentencia o decreto escrito. Simplemente el fiscal general los
declaró ilegibles. Se metía en la cárcel a quien los leía o se atrevía a
venderlos. Hoy en día la situación legal, como es lógico, no ha cambiado. No se
puede autorizar lo que nunca se ha prohibido. Simplemente la gente es más
valiente, ha perdido el miedo, y circulan de manera abierta. Aunque puede
seguir habiendo riesgos.
-¿Qué opina usted
del hecho de que ha habido varias generaciones que se han visto privadas por la
censura de sus libros, quizá cuando más hubieran podido disfrutar y apender de
ellos?
-Evidentemente ha sido una lástima, pero eso
ya no va a volver a ser un problema en lo sucesivo porque con las nuevas
tecnologías todo el mundo va a poder tener de una u otra forma acceso a ellos. También quiero decir
que cada vez que la dictadura prohibía un libro mío era como si añadiese una
nueva medalla a mi pecho. Yo me sentía orgulloso.
Ahora bien, en los tiempos de la colonia había más
seguridad, digamos de tipo jurídico, que durante el Nuevo Orden de Suharto. Si
se prohibía un libro se necesitaba una resolución judicial que se podía
intentar rebatir o apelar. Con Suharto se instauró un nuevo método: se mete en
la cárcel a quien lo lee o lo vende y punto.
-Usted ha
mencionado en una ocasión que el trabajo de un escritor es siempre, en cierta
medida, autobiográfico. ¿Hasta qué punto es cierto esto en el Cuarteto de Buru[3]?
-Las ideas de un escritor están siempre
presentes en su obra y esto es lo verdaderamente importante. En mis libros
están reflejadas mis ideas sobre el progreso de la humanidad, la emancipación
de los pueblos y sobre la libertad de los pueblos colonizados. Para mí los
libros son como vitaminas para la vida.
Y al igual que en mi caso, en cierto modo, los
personajes de mis libros, en especial los del Cuarteto, son perdedores,
pierden. Pero eso no es lo importante. Lo importante es rebelarse, luchar,
pelear por lo que se cree que es justo. Lidiar con los tiempos que te han
tocado vivir y tratar de mejorarlos.
-¿Puede hablarse
de que en sus novelas el proceso de liberación y maduración del personaje
principal, de Minke, corre paralelo al proceso de liberación de su pueblo?
-No exactamente. No son procesos paralelos
que discurran al mismo tiempo y por la misma vía. Sucede que hay unos
determinados personajes que se anticipan a su tiempo y a sus circunstancias y
su pueblo les sigue. A ellos y a las fuerzas que encarnan.
-Para terminar con
el tema de sus libros, me gustaría señalar el extraordinario papel que juegan
los personajes femeninos en sus historias. (No puedo dejar de advertir el
destello de pillería que asoma a sus ojos y la sonrisa de complicidad que se
cruza con Yosoef). Además -prosigo- no hay que olvidar el papel tan enormemente
significativo que las mujeres han jugado y están jugando en esta zona del
mundo. No hay más que recordar a Indira Gandhi, Benazir Bhuto, la premio Nobel
birmana de 1991 Aung San Suu Kyi, o la propia Megawati Sukarnoputri, futura
presidenta de Indonesia.
-En primer lugar quiero señalar el papel que
mi madre tuvo en mi vida y en mi educación. (Todos volvemos la mirada hacia
el cuadro desde donde nos contempla). Era
una mujer extraordinaria.
En general, las mujeres son más fuertes que los hombres
y se enfrentan más decididamente con las dictaduras. Yo creo que la condición
femenina, la mujer, choca siempre más formalmente con el modo de pensar y
actuar castrense, de los militares. Y máxime cuando éstos llevan a sus ultimas
consecuencias sus ideas y su organización, es decir cuando implantan una
dictadura.
Creo que en el futuro el papel de la mujer seguirá
creciendo y será cada vez más importante. Quizá no en este momento en esta
parte del mundo, pero sí como tendencia general. Quizá sea menos espectacular
pero más decisivo. Estoy seguro de ello. Antes las mujeres apoyaban o seguían.
Ahora deciden y se las sigue.
-A mi
particularmente siempre me ha sorprendido el coraje de Pramoedya al criticar
sin ambages los aspectos de su pueblo que no comparte o que considera
negativos, sin tener en cuenta las críticas que esto le haya podido acarrear.
-Sí, es cierto. Siempre he luchado contra
aquello que me parecía criticable sin importarme de quién se tratara o la
circunstancia histórica concreta. Sin que me preocupara la oportunidad o no de
mis críticas.
De hecho estuve un año secuestrado (creo que ahora
se dice desaparecido), en 1959, por la policía del régimen popular de Sukarto
por haber sido de los pocos, el único intelectual, que denunció las
persecuciones sufridas por la minoría de origen chino en la joven República de
Indonesia. Una persecución que se está repitiendo ahora y que siempre he estado
dispuesto a combatir y denunciar.
-¿Le ha censurado
alguna vez la izquierda, el mundo progresista por esto? Me refiero por criticar
a su propio pueblo aún inmerso bajo la dominación colonial.
-La izquierda nunca. La derecha
constantemente. De hecho me han metido en la cárcel.
-Usted también ha
criticado en varias ocasiones lo que denomina mentalidad kampong,[4]
aislada, de aldea…
-Sí, siempre me ha parecido peligrosa por
poder dar lugar a racismo, al integrismo religioso, a discriminaciones de todo
tipo, a celos nacionales…
-Por otra parte existe el peligro cierto de que el
Imperio Americano acabe por imponer sin ya casi resistencia una misma manera de
pensar, comer, vestir.
-Sin duda. Lo que se trata es de encontrar un
camino propio, original. El problema es que los EE.UU no van a dejarte nunca
hacerlo. Para ellos ser neutral, formar parte del Movimiento de los No
Alineados, un movimiento al que contribuyó significativamente la Indonesia de
Sukarto contribuyó a fundar significa para ellos ser beligerantes. No están dispuestos a tolerarlo.
-¿Qué perspectivas
le esperan ahora a Indonesia? ¿Cuál cree que va a ser su futuro inmediato y a
corto plazo? ¿Prosperará el incipiente movimiento democrático y se convertirá
en un eje real de oposición a la posdictadura y sus proyectos de perpetuarse?
-Indonesia nunca ha podido vivir una
experiencia democrática. Nunca ha atravesado por una fase de verdadera
democracia. Apenas conseguimos la independencia de los japoneses y logramos
desembarazarnos de más de trescientos años de dominio colonial holandés, ya se
nos empezó a hostigar. En una época marcada por la guerra fría y el conflicto
de Vietnam, los Estados Unidos iban a impedir a toda costa que Indonesia
pudiera decidir su futuro y sus alianzas o acuerdos con otros países de forma
libre y soberana. Aunque el precio fuera dos millones de muertos y cientos de
miles de prisioneros políticos. Hemos
sufrido, y lo seguimos haciendo, un feroz dictadura que nos ha llevado también
a perpetrar una invasión armada y sangrienta a otros pueblos como Timor
Oriental.
En Indonesia se tiene una visión muy estrecha de sí
misma. Somos, a mi entender, un país marítimo. Eso quiere decir un país
abierto, encrucijada de caminos y travesías como siempre hemos sido. Pero aquí
manda el ejército de tierra. Siempre mirando hacia el interior de las islas
para reprimir y controlar a sus paisanos, a sus habitantes de tierra adentro.
No pensamos como archipiélago, como país abierto a los mares que nos rodean y a
sus hermanos ribereños.
Necesitamos intelectuales que piensen este país.
Intelectuales de verdad que piensen en éstas y otras ideas y filosofías nuevas.
Que aporten abierta y sinceramente sus esfuerzos y colaboraciones. Y no los
hay. Por ninguna parte.
Yo me sorprendí a
mí mismo asintiendo vigorosamente con la cabeza, casi a punto de romperme el
cuello. ¿En qué estaría yo pensando?
Y ahora aquí todo el sistema está en crisis. La
corrupción de todos los estamentos político-militares y la administración en
general no permitía siquiera un desarrollo más abierto del régimen capitalista.
Seguían pensando de manera semifeudal, como si los servicios prestados les
diera una especie de licencia para robar, para siempre. Su forma de robar, su
corrupción, su nepotismo tenía paralizado al país en su conjunto. Sólo valía la
especulación.
La burocracia y la corrupción y la colusión, lo que
hoy llamamos KKN (Korruption, Kolusion, Nepotism) mantenían al
país agarrotado. La crisis era inevitable. Hasta Occidente y el FMI se dieron cuenta y han tenido que intervenir para
apartar al dictador y su familia del botín que querían para ellos solos. No
dejaban participar ni a las grandes empresas transnacionales como ellas quieren
en este mundo que dicen tan interdependiente. Además son una clase que no sabe
más que robar. No crean nada. No potencian nada. No trabajan en nada. Roban,
sólo eso.
-He leído que a
usted lo que realmente le hubiera gustado ser es un campesino. Que para usted
es muy importante la relación entre el ser humano y la tierra…
-Sí, es cierto. Hasta hace relativamente poco
iba a un terrenito que tenía mi familia en las afueras de la ciudad y me pasaba
ocho horas trabajando la tierra. Ahora ya no lo hago. No me siento seguro. En
la actual situación de agitación política y a mi edad ya no me siento seguro
fuera de casa.
Pero ciertamente siempre he sido en realidad un
campesino. Me he considerado un campesino metido a escritor.
A la vuelta de su
encarcelamiento sus vecinos contemplaban asombrados la figura de un Pramoedya
enfurruñado, azada al hombro, cavando en un vertedero y unos descampados
cercanos a su domicilio.
Más tarde se
enteraron de que andaba buscando su preciada y extensa biblioteca que al
parecer los soldados que fueron a detenerle habían tirado por la zona.
Se me antoja la
perfecta imagen de la síntesis entre campesino y escritor que Pramoedya reclama
para si.
-Y ya para
terminar, porque nos han dicho que sobre esta hora suele usted echarse a dormir
un rato para no quebrantar su no muy robusta salud…
-Es un cabezota -responde su editor-. No va nunca al médico. Y ha jurado no pisar
un hospital.
Le cito la frase
de Gabriel García Marquez: “Hay dos tipos de enfermedades, las que se curan
solas y las que no tienen solución” y le da un pequeño ataque de esa risa suya
tan pausada. Se reclama de la misma teoría.
-Para terminar
-reitero- ¿qué opina usted del estado actual del mundo, del derrumbe de los
países del denominado socialismo real, del dominio incontestado de la pax americana?
-Yo siempre he sido un optimista
incorregible. Siempre he creído y confiado en el progreso del ser humano y no
voy a cambiar ahora.
Tenemos que encontrar una nueva forma de enfrentarnos
al capitalismo, de luchar contra él. Nuevas formas de lucha y de organización.
Eso es siempre lo importante, luchar, luchar siempre.
Yo creo que uno de los problemas del bloque
socialista es que no se escuchaba ni se atendía a la
gente de abajo, a los humildes, a la gente mayor que tenía experiencia, a los
intelectuales honestos. Sí, a la gente sencilla.
Ahora bien, esa es una tarea para la juventud, para
las nuevas generaciones. Yo ya he hecho mi labor y ahora a mis setenta y pico
años quiero disfrutar de ver jugar a mis nietos. Yo
confío en la juventud. Sigo siendo un sincero y total optimista y confío
plenamente en las nuevas generaciones.
Como corroborando
sus palabras entra un joven en la sala acarreando unos libros para que se los
firme Pramoedya, unos manifiestos, escritos de protesta contra la represión. Me
lo presentan como un joven periodista represaliado en su trabajo por su actividad
en favor del movimiento democrático. Me tiende sus tres tarjetas:
-Encantado. Mi
tarjeta con mi nombre falso, la de mi seudónimo, y la verdadera.
Continúa con su
actividad.
-Hay una
manifestación frente al Parlamento. No volváis en taxi al hotel. Mejor os llevo
yo.
Antes de venir a
la casa de Pramoedya habíamos leído como despedirnos a la manera indonesia e
incluso habíamos ensayado los dos métodos que nos parecían más fiables: un leve
roce con la mano de tu interlocutor para luego llevártela al corazón o juntar
las manos a la altura del pecho haciendo a la vez una leve reverencia con la
cabeza.
Pramoedya lo solucionó
a su manera.
Nos acompañó al
coche que nos iba a llevar de vuelta al hotel, nos abrió la portezuela y nos
dio un par de besos a los dos en las mejillas, mientras nos encargaba que no se
nos olvidara dar las gracias a sus lector@s.
Como siempre, como
en su vida y sus libros…
“Claro como una
lámpara,
simple como un
anillo”.
Alfonso Ormaetxea.
Traductor del
Cuarteto de Buru.
[1] Cigarrillos de tabaco negro clavo y canela, que dan a todo el archipiélago un olor inconfundible.
[2] Pieza de tela ceñida a la cintura, vestida tanto por hombres como por mujeres en Indonesia, que a los extranjeros se nos suele caer en las peores circunstancias.
[3] Tierra humana, Hijos de todos los pueblos, Hacia el mañana y La Casa de cristal, todos publicados por Txalaparta.
[4] Pequeño grupo de casas en las zonas rurales que no llegan a formar un pueblo.